Sábado, junio 23, 2018
REFLEXIÓN

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«La gracia de Dios se ha manifestado para salvación a toda la humanidad, y nos enseña que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria,  justa y piadosamente» (Tito 2: 11. 12).

LA GRACIA SALVADORA DE CRISTO ofrecida a toda la humanidad comenzó desde antes de la fundación del mundo. El apóstol Pablo así lo afirma: «Nos escogió en el antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de el» (Efesios 1: 4). No fuimos predestinados para ser destruidos, sino para ser salvos por su gracia Desde antes que este planeta fuera creado por Dios, ya nos había elegido para ser destinatarios de su gracia en caso de que eligiéramos separarnos de el. Lo más excelso de la gracia divina es que nos eligió para el, Para ser parte de su pueblo, y esta elección fue antes de la creación. El apósito Pablo menciona:

Sabemos, además, que a los que aman a Dios, todas las cosas los ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. A los que antes conoció, también los predestinó para que fueran hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que el sea el primogénito entre muchos hermanos (Romanos 8: 28, 29).

La gracia divina tuvo su comienzo, pero también tiene su fin. Pronto llegará el fin de la gracia para el universo, marcado por algunos eventos sobresalientes. Primero, terminará el sellamiento de los que han aceptado a Cristo como su Salvador personal, como lo podemos leer en Apocalipsis. En ese momento, los ángeles que están deteniendo los poderes de la naturaleza habrán de soltarlos a la orden de Dios, porque el tiempo de Dios habrá sido cumplido y todo habrá terminado. Solamente los que hayan aceptado la gracia de Cristo vivirán por fe, mientras viene el Señor y los rescata del gran cataclismo para llevarlos al cielo. El sello en la frente tiene que ver con la fe profunda del hombre en Dios.

La caída de las siete postreras plagas también será un indicador de que la gracia habrá terminado. Este evento terrenal será consecuencia del fin de la intercesión de Cristo en el Santuario celestial. El apóstol Juan menciona: «El templo se llenó de humo por causa de la gloria de Dios y por causa de su poder. Nadie podía entrar en el templo hasta que se cumplieran las siete plagas de los siete ángeles» (Apocalipsis 15: 8)

El fin del sellamiento y las siete postreras plagas marcarán el fin de la gracia para el planeta Tierra, y nosotros necesitamos prepararnos hoy para ese momento final, ya quela gracia todavía es concedida.

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«La Ley, pues, se introdujo para que el pecado abundara; pero cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia» (Romanos 5: 20).

MUCHAS VECES, no se toma en cuenta cuando comienza la gracia para una persona, pero si cuando termina. El Evangelio de Juan dice: «A todos los que lo recibieron, a quienes creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1: 12). Quiere decir que, cuando una persona acepta a Cristo en su vida y lo recibe en su corazón, comienza a recibir la gracia de salvación. Existe un vínculo entre el ejercicio de la fe y la recepción de la gracia: «Si son fieles a su voto, serán provistos de gracia y poder que los habilitará para cumplir con toda justicia. “A todos los que le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre”» (E. G. White, El evangelismo, pág. 226). La gracia de Cristo en el alma es como un manantial en el desierto, cuyas aguas brotan para refrescar a todos.

León Tolstoi, famoso escritor ruso, describe su aceptación de la gracia salvadora de Cristo de la siguiente manera: <<Hace cinco años la gracia y la fe de Cristo me encontraron; yo creí en la gracia de Cristo Jesús, y toda mi vida cambió repentinamente. Dejé de desear lo que antes anhelaba y, por otro lado, comencé a querer lo que nunca había deseado. Lo que anteriormente me había parecido bueno, apareció ahora como malo, y lo que solía ver como malo ahora me parecía bueno». Cuando se acepta la gracia de Cristo, cambia la vida por completo: el orgullo se convierte en humildad, el odio en amor y el egoísmo en generosidad.

¿Cuándo llega el fin de la gracia para un individuo? Si la gracia comienza cuando creemos en Cristo y lo aceptamos como nuestro salvador, entonces puede terminar cuando nos alejamos de él y la muerte irrumpe en nuestra vida. En el Evangelio de Mateo, la Biblia habla de una persona que rechazó a Cristo después de haberlo acompañado fielmente: Judas Iscariote, quien no solamente dejó de seguirlo, sino también lo traicionó. Judas, desde ese momento, rechazó la gracia divina y decidió quitarse la vida. Judas optó por el suicidio ya que su corazón quedó vacío, sin Dios Y sin esperanza. La experiencia de judas nos muestra que la gracia puede terminar cuando morimos sin Cristo.

Vivamos bajo la gracia de Dios. No la rechacemos, ni desaprovechemos; aferrémonos a ella para ser salvos en Cristo.

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<<Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios>> (Efesios 2: 8).

CRISTO ES EL MEDIADOR de todas las bendiciones para la humanidad: hace que salga el sol, envía la lluvia a su tiempo y mantiene nuestro planeta en su órbita. Por su gracia, vivimos, nos movemos y somos. El apóstol Pablo menciona que Dios el Padre es un Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo. Entonces, ¿que es la gracia de Dios? Es un don del cielo que no merecemos pero que Dios nos regala por amor. Es un atributo de Dios que le da al hombre la oportunidad de vivir y de conocerlo. Es una actitud generosa de Dios hacia nosotros.

La vida cristiana está contenida en su totalidad en la gracia de Dios; misma que es abundante y suficiente para toda emergencia y necesidad, Es por eso que todo pecador tiene la oportunidad de acercarse y ser perdonado por Dios.

En Escocia, hubo una época en que escaseó el alimento. La gente no tenía que comer, y los que más sufrían eran los pobres. Había una aldea en la que vivía una viuda que tenía varios hijos. El hijo mayor tenia dieciséis años y estaban sufriendo por el hambre. Aquel hijo mayor fue en busca de huevos de aves a las montañas escarpadas de Escocia. Llegó junto con otros amigos, amarró la soga a un árbol y bajó a treinta metros sobre el filo del risco para buscar los nidos. Encontró suficientes como para llenar la mochila que llevaba. Cuando intentó subir, aparecieron cientos de aves a la defensa de sus huevos. El trató de alejarlas pero no pudo. A causa de esa lucha, la soga estaba a punto de romperse; así que subió con mucho cuidado pero cuando estaba a punto de llegar, la soga se partió. Sin embargo, uno de sus amigos le lanzó otra soga, de la que se aferró y pudo salvar su vida. ¿Se salvó por casualidad? No, fue por la gracia y misericordia de su amigo. De la misma manera, la gracia no se obtiene por favores ni por esfuerzos humanos, ni por ser buena persona; sino únicamente porque a Dios le place salvarnos. Recibamos hoy la gracia que Dios nos ofrece.

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«La palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a las que se salvan, esta es,  a nosotros, es poder de Dios» (1 Corintios 1: 18).

LA CRUZ, pensada como instrumento de tortura para criminales, se convirtió en un instrumento de salvación. No es que la cruz tenga poder en sí misma, sino que fue sobre ella que Cristo dio su vida para salvarnos. La cruz trazó una línea entre la vida y la muerte, entre el reino de Cristo y el reino de Satanás. La cruz recuerda la grandeza de Cristo porque no rehusó morir en ella.

Cuando Cristo se dirigía al Calvario, Simón de Cirene fue obligado a llevar la cruz. Mientras lo hacía, meditaba en Cristo y sus sufrimientos. El Evangelio de Lucas afirma que le seguía una gran multitud y muchas mujeres que lloraban por él (Lucas 23: 27). Simón fue testigo de la crucifixión de Cristo y de la multitud que lo seguía. Toda esta experiencia lo hizo cambiar, y el poder de la cruz lo transformó en un buen cristiano; la aceptó como medio de salvación.

En el tiempo de la Reforma protestante, hubo un mártir cristiano llamado Jan Huss, que fue llevado a la hoguera por causa de su fe. Cuando lo estaban atando para quemarlo, le preguntaron si se retractaba de seguir a Cristo. Con fe firme, contestó:

Si he de morir por Cristo mi Señor, que así sea.

Cuando las llamas lo envolvían, elevó una oración, diciendo: <<Señor misericordioso, creo en tu muerte en la cruz del Calvario, y por tu sangre derramada en esa cruz seré salvo por tu gracia».

Cuando Cristo pendía de la cruz, a la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra, hasta la hora novena. Durante esas tres horas de oscuridad, el centurión romano que custodiaba la cruz escuchó la voz de Jesús, que decía: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lucas 23: 46). Cuando el centurión vio lo que había acontecido, dio gloria a Dios, diciendo: ¿Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Marcos 15: 39).

El centurión romano fue transformado por el poder de la cruz. Aceptó a Cristo como Salvador del mundo y entregó su vida en las manos de Dios. Hoy, entonemos las palabras del himno 267 del Himnario adventista: «A la cruz de Cristo voy, débil, pobre y ciego soy. Mis riquezas nada son, necesito salvación». Que esta gran verdad sea una realidad en nuestras vidas.

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«Si yo hablara lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe» (1 Corintios 13: 1).

LA DIFERENCIA BÁSICA entre el amor de Dios y el del hombre es que Dios ama a los enemigos, a la humanidad entera, y no espera recompensa; es decir, no necesita ser amado antes o después, sino que ama por naturaleza, porque el poder de su amor es mayor que cualquier sentimiento humano que conocemos.

En cierta ocasión, a una joven universitaria le llegó a sus manos un libro. Comenzó a leerlo con interés, pero de pronto su curiosidad se acabó y, sin haber acabado de leerlo, lo cerró bruscamente, diciendo: «Es el libro más insípido que he leído en mi vida». Al cabo de algunos años, esa joven se encontró en la universidad con un muchacho. Pronto se hicieron novios. Este joven resultó ser el autor del libro que había leído la muchacha. El joven, sin saber que ella ya lo había leído, se lo recomendó. Esta vez, ella lo leyó completo. Al terminarlo, llegó a la conclusión de que jamás había leído un libro tan interesante y bello como ese. ¿Cuál fue la diferencia? El amor por el joven.

Alguien dijo en cierta ocasión: «La inteligencia sin amor, te hace perverso. La justicia, sin amor, te hace implacable. La diplomacia, sin amor, te hace hipócrita. El éxito, sin amor, te hace arrogante. La riqueza, sin amor, te hace avaro. La docilidad, sin amor, te hace servil. La pobreza, sin amor, te hace orgulloso. La autoridad, sin amor, te hace tirano. El trabajo, sin amor, te hace esclavo. La ley, sin amor, te esclaviza. La fe, sin amor, te hace fanático. La cruz, sin amor, se convierte en tortura. La vida, sin amor, no tiene sentido».

No importa cuán grande sea la carga o las barreras que se interpongan en nuestro camino. Cuando hay amor, la carga es ligera y las barreras desaparecen, porque el amor a Dios y al prójimo es el principal mandamiento y la esencia de la Ley. Oremos para que el amor de Dios sea implantado en nuestro corazón y lo practiquemos en el círculo donde nos movamos, para que sea una bendición en la iglesia, en la familia y en el trabajo.

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<<Este es el día que hizo Jehová; ¡nos gozaremos y alegraremos en él!» (Salmos 118: 24].

CADA DÍA, podemos determinar si vamos a vivir alegres o tristes. No podemos darnos el lujo de sentirnos tristes, si meditamos en todas la bendiciones que hemos recibido de lo alto: Jesucristo murió por nosotros, y nos ofrece el poder de su sangre, que nos lava y nos limpia, para vivir una vida victoriosa, gracias al poder del Espíritu Santo que está a nuestra disposición también. Por lo tanto, tenemos razones suficientes para gozamos y alegramos todos los días. La alegría no depende de las circunstancias que nos rodean, sino que es una fuente que Dios pone en nuestro corazón. No importa que problemas en este momento enfrentas, ni lo que te hayan dicho los doctores, podemos regocijarnos hoy, porque este es el día que hizo Dios.

Vivir un día a la vez significa concentrar nuestras fuerzas, nuestras habilidades, nuestras metas y nuestros objetivos en el tiempo presente, como un peldaño, como un paso en un proyecto de vida y realización personal. La manera en que percibimos el futuro genera ansiedad cuando nos enfocamos en aquello que no está bajo nuestro control absoluto. Las aflicciones también sobrevienen cuando perdemos la perspectiva y la experiencia del tiempo presente: único día dado por Dios para hacer lo que debemos hacer. En realidad, podemos experimentar paz en el presente al confiar en que Dios se encargará del futuro.

Hay dos días por los que no debemos preocuparnos: uno de ellos es el ayer, con sus errores y cuidados, faltas y equivocaciones. El ayer se ha ido para siempre y ya está fuera de nuestro control. No podemos borrar las palabras dichas. El otro día por el que no debemos preocuparnos es el mañana, con sus posibles adversidades, sus cargas y sus grandes promesas. Mañana está fuera de nuestro control inmediato. El sol de mañana va a salir, ya sea con gran esplendor o detrás de una masa de nubes, pero saldrá. Hasta que el sol salga otra vez, no tenemos nada que ver con el día de mañana, porque todavía no ha nacido.

En cambio, si podemos vivir el día de hoy, porque cualquier persona puede hacer frente a las batallas de un solo día. Solamente cuando añadimos las cargas de ayer y de mañana, es que sucumbimos. Por eso, acudamos hoy a Dios. «Echad toda vuestra ansiedad sobre el, porque él tiene cuidado de vosotros» (1 Pedro 5: 7).

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<<Job se levanto, rasgo su manto y se rasuró la cabeza; luego, postrado en tierra, adoro y dijo: “Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá. Jehová dio y Jehová quitó: ¡Bendito sea el nombre de Jehová!”» (Job 1:20, 21).

ES LA ACTITUD QUE MOSTRAMOS frente a las dificultades la que hará que se resuelvan o se enreden más los problemas. La actitud de termina el éxito o el fracaso. Puede ser poderosa para construir o para destruir; edifica o causa heridas. Hay quienes encuentran una oportunidad en cada dificultad, o encuentran una dificultad en cada oportunidad. La actitud no es un sentimiento ni depende de las circunstancias externas. Depende de elegir por uno mismo cuál será la perspectiva ante un nuevo día.

Nuestra actitud es determinante para nuestra paz interior, nuestra salud y las relaciones interpersonales. La actitud positiva se cultiva; no nacemos con ella. En ocasiones las personas hablan mal de nosotros aun sin tener una razón justificada; nuestra reacción es que nos ponemos a la defensiva, nos deprimimos y sentimos que nos han golpeado la autoestima. Lo más sano en estos casos, sin embargo, es cerrar las avenidas del alma, no prestar atención a lo dicho y seguir sonriendo como si no hubiese pasado nada.

Para cultivar una actitud positiva, es importante hacer una autoevaluación. Luego, reconocer que el corazón humano es engañoso y permitirle a Dios que lo transforme. Como lo dice la cita de hoy, Job es un ejemplo a seguir porque el bendijo el nombre de Dios cuando perdió todo lo que tenía (incluyendo a sus hijos). ¿Cuál habría sido tu actitud frente a esta terrible situación? ¡Que hermosa actitud de Job frente a la serie de infortunios que le acontecieron! ¡Qué paciencia! ¡Qué humildad! ¡Que fe y confianza en el Señor!

Cuando parezca que lo hemos perdido todo, digamos: «Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones» (Salmos 46: 1). Si Dios es nuestro amparo, es en esos momentos difíciles cuando debemos mantener la calma y la confianza en el y, en lugar de desesperarnos, como Job debemos caer de rodillas, glorificando su nombre.

Job no le echó la culpa a Dios ni a nadie de su desgracia y, como no entendió lo que pasaba, dejó que Dios se encargara e hiciera lo que mejor

le pareciera. Dejemos nuestro caso en las manos del Todopoderoso cuando enfrentemos una injusticia.

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«Cuando llego cerca dela ciudad. al verla, lloró por ella. diciendo “¡Si también tú conocieras, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Pero ahora está encubierto a tus ojos”» (Lucas 19: 4,1, 42)

CUANDO EL PECADO entro en el corazón del hombre, el mundo se llenó de oscuridad. La humanidad se alejó de Dios, y ese distanciamiento hizo que la paz que reinaba desde el principio se esfumara. Por  eso Adán y su mujer se escondieron de la presencia de Dios. Al no tener paz, un vacío se apoderó de sus corazones y generó un sentimientos de culpa que se transmitiría luego a las siguientes generaciones.

El profeta Isaías clama: <<Ay de los que se esconden de jehová encubriendo sus planes, y sus obras las hacen en tinieblas, y dicen: “¿Quién nos ve, y quién nos conoce?”» (Isaías 29: 15). La paz se retiró de la tierra y nunca se ha recuperado. El pecado generó la separación, porque el hombre lo permitió, y cada vez que permitimos que el pecado nos separe de Cristo, la paz está ausente, aunque queramos tenerla.

Así sucedió cuando nuestro primeros padres pecaron. La tierra fue maldecida y el dolor y el sufrimiento a partir de ese momento serian parte de la vida cotidiana (Génesis 3: 16, 17). Asimismo, el pecado nos desconecta de Dios y solo nos acarrea desdicha. No permitamos más que el pecado nos separe de Dios. Clamemos todos los días para que el está cerca de nosotros y nos traiga la paz.

Cuando Adán y Eva fueron expulsados del huerto del Edén perdieron el gozo y la alegría. Comenzaron a ver cómo caían las hojas de los árboles, las flores se marchitaban y los animales peleaban. Al caminar por la tierra, las espinas y los cardos los lastimaban, y comenzaron a experimentar el dolor y la tristeza. Fue allí, al meditar en su suerte, que reconocieron que la paz que antes tenían era muy necesaria y prometieron no volver a perderla.

Si en algún momento hemos perdido esa paz, volvamos a Cristo y vivamos bajo su pabellón. Pronto experimentaremos de nuevo la paz perfecta, para no perderla jamás.

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«La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da.

No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo» (Juan 14: 27).

EL MUNDO ANHELA LA PAZ, pero está lejos de encontrarla, porque no se proclama por decreto, no se recibe de mano humana, ni de un sistema religioso o político. La paz se genera en el corazón de una persona cuando acepta a Cristo como su Salvador personal y tiene su presencia maravillosa en su interior.

Vemos mucha angustia en el mundo por la inseguridad, por lo que está sucediendo y por lo que sucederá en el futuro. Pero la paz nos ayuda a estar tranquilos y seguros en medio de un mundo revuelto y lleno de tinieblas, porque la paz es individual, no colectiva. El apóstol Pablo dijo: «Cuando digan: “Paz y seguridad”, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán» (1 Tesalonicenses S: 3). La paz no es producida por el hombre, sino por Cristo en el corazón del hombre.

Podríamos decir que en el huerto del Edén el hombre tenia paz con Dios y dentro de su corazón. Gozaba de las bendiciones todos los días, tal como lo relata el Génesis. También tenía todo lo que necesitaba. Allí no había enfermedad ni muerte. la Biblia dice:

Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente, y puso allí al hombre que había formado. E hizo jehová Dios nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista y bueno para comer; también el árbol de la vida en medio del huerto, y el árbol del conocimiento del bien y del mal (Génesis 2: 8, 9).

Por la presencia del árbol de la vida, el hombre tenía vida eterna y, en consecuencia, no se enfermaba ni moría. Antes de la irrupción del pecado en la tierra la humanidad gozaba de paz.

Dios desea restaurar esa paz original, que implicaba más que la mera ausencia de conflictos. El quiere derramar todas las bendiciones espirituales y materiales en nuestra vida, tal como lo hizo con Adán y Eva. Hoy podemos recibir ese regalo inesperado. ¿Deseas aceptarlo?

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<<Estarán dos en el campo: una será tomado y el otro será dejado. Dos mujeres estarán molienda en un molino: una será tomada y la otra será dejada: Mateo 24: 40, 41).

UNO DE LOS APÓSTOLES DE JESUS, judas, estuvo a los pies de su Señor más de tres años, aprendiendo de el, observando sus pasos, viendo los milagros realizados y participando de la ayuda a los demás A pesar de todo lo que recibió de su maestro, desaprovechó el tiempo inútilmente, porque al final perdió la vida eterna. Cristo estuvo dispuesto a perdonarlo, pero no rindió su corazón. En la presencia de Cristo Jesús, hubiera sido transformado como juan el evangelista, pero no aprovechó la oportunidad.

De igual manera sucede con algunos que han escuchado mucho tiempo la verdad de la Palabra. Han sido testigos del poder de Dios en la vida de los demás y han participado de la predicación del evangelio, pero no han sido capaces de rendir totalmente su corazón a Cristo. De pronto, se encuentran en grandes dificultades, encerrados en su propia trampa sin poder salir de allí, y mueren sin Dios y sin esperanza.

Hace muchos años, un barco de pasajeros que hacía viajes de Nueva York a Inglaterra iba llegando a las costas de ese país justo a la puesta del sol. De pronto, encalló sobre unas rocas. El barco se hundió y casi todos los pasajeros perecieron, excepto el capitán y su esposa, que lograron quedar sobre una de las rocas donde lucharon toda la noche, soportando el frío del viento y las olas fuertes del mar. Al amanecer, llegó el auxilio. El barco de rescate no pudo acercarse lo suficiente, ya que era una zona rocosa. Lanzaron desde lejos sogas al capitán y su esposa, para salvarlos de la situación en que se encontraban. Lo único que tenían que hacer era saltar cuando las olas bravías del mar subían para cubrir las rocas salientes, para no caer en ellas y perecer. El capitán le pidió a su esposa que saltara primero. Ella se aferró a la soga y quiso lanzarse en el momento preciso pero se detuvo un instante, lo suficiente como para perder la oportunidad. Cuando por fin se lanzó, fue demasiado tarde: las olas habían bajado y, al caer, se estrelló contra las rocas y también pereció. No saltó a tiempo. Así es todo aquel que duda en entregar su corazón a Cristo. La oportunidad muchas veces no se repite, la dejamos pasar y, cuando reaccionamos, es demasiado tarde. Hoy es el momento de entregar nuestra vida a Dios.

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