Domingo, abril 22, 2018
REFLEXIÓN

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«Cuando llego cerca dela ciudad. al verla, lloró por ella. diciendo “¡Si también tú conocieras, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Pero ahora está encubierto a tus ojos”» (Lucas 19: 4,1, 42)

CUANDO EL PECADO entro en el corazón del hombre, el mundo se llenó de oscuridad. La humanidad se alejó de Dios, y ese distanciamiento hizo que la paz que reinaba desde el principio se esfumara. Por  eso Adán y su mujer se escondieron de la presencia de Dios. Al no tener paz, un vacío se apoderó de sus corazones y generó un sentimientos de culpa que se transmitiría luego a las siguientes generaciones.

El profeta Isaías clama: <<Ay de los que se esconden de jehová encubriendo sus planes, y sus obras las hacen en tinieblas, y dicen: “¿Quién nos ve, y quién nos conoce?”» (Isaías 29: 15). La paz se retiró de la tierra y nunca se ha recuperado. El pecado generó la separación, porque el hombre lo permitió, y cada vez que permitimos que el pecado nos separe de Cristo, la paz está ausente, aunque queramos tenerla.

Así sucedió cuando nuestro primeros padres pecaron. La tierra fue maldecida y el dolor y el sufrimiento a partir de ese momento serian parte de la vida cotidiana (Génesis 3: 16, 17). Asimismo, el pecado nos desconecta de Dios y solo nos acarrea desdicha. No permitamos más que el pecado nos separe de Dios. Clamemos todos los días para que el está cerca de nosotros y nos traiga la paz.

Cuando Adán y Eva fueron expulsados del huerto del Edén perdieron el gozo y la alegría. Comenzaron a ver cómo caían las hojas de los árboles, las flores se marchitaban y los animales peleaban. Al caminar por la tierra, las espinas y los cardos los lastimaban, y comenzaron a experimentar el dolor y la tristeza. Fue allí, al meditar en su suerte, que reconocieron que la paz que antes tenían era muy necesaria y prometieron no volver a perderla.

Si en algún momento hemos perdido esa paz, volvamos a Cristo y vivamos bajo su pabellón. Pronto experimentaremos de nuevo la paz perfecta, para no perderla jamás.

0 19

«La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da.

No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo» (Juan 14: 27).

EL MUNDO ANHELA LA PAZ, pero está lejos de encontrarla, porque no se proclama por decreto, no se recibe de mano humana, ni de un sistema religioso o político. La paz se genera en el corazón de una persona cuando acepta a Cristo como su Salvador personal y tiene su presencia maravillosa en su interior.

Vemos mucha angustia en el mundo por la inseguridad, por lo que está sucediendo y por lo que sucederá en el futuro. Pero la paz nos ayuda a estar tranquilos y seguros en medio de un mundo revuelto y lleno de tinieblas, porque la paz es individual, no colectiva. El apóstol Pablo dijo: «Cuando digan: “Paz y seguridad”, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán» (1 Tesalonicenses S: 3). La paz no es producida por el hombre, sino por Cristo en el corazón del hombre.

Podríamos decir que en el huerto del Edén el hombre tenia paz con Dios y dentro de su corazón. Gozaba de las bendiciones todos los días, tal como lo relata el Génesis. También tenía todo lo que necesitaba. Allí no había enfermedad ni muerte. la Biblia dice:

Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente, y puso allí al hombre que había formado. E hizo jehová Dios nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista y bueno para comer; también el árbol de la vida en medio del huerto, y el árbol del conocimiento del bien y del mal (Génesis 2: 8, 9).

Por la presencia del árbol de la vida, el hombre tenía vida eterna y, en consecuencia, no se enfermaba ni moría. Antes de la irrupción del pecado en la tierra la humanidad gozaba de paz.

Dios desea restaurar esa paz original, que implicaba más que la mera ausencia de conflictos. El quiere derramar todas las bendiciones espirituales y materiales en nuestra vida, tal como lo hizo con Adán y Eva. Hoy podemos recibir ese regalo inesperado. ¿Deseas aceptarlo?

0 20

<<Estarán dos en el campo: una será tomado y el otro será dejado. Dos mujeres estarán molienda en un molino: una será tomada y la otra será dejada: Mateo 24: 40, 41).

UNO DE LOS APÓSTOLES DE JESUS, judas, estuvo a los pies de su Señor más de tres años, aprendiendo de el, observando sus pasos, viendo los milagros realizados y participando de la ayuda a los demás A pesar de todo lo que recibió de su maestro, desaprovechó el tiempo inútilmente, porque al final perdió la vida eterna. Cristo estuvo dispuesto a perdonarlo, pero no rindió su corazón. En la presencia de Cristo Jesús, hubiera sido transformado como juan el evangelista, pero no aprovechó la oportunidad.

De igual manera sucede con algunos que han escuchado mucho tiempo la verdad de la Palabra. Han sido testigos del poder de Dios en la vida de los demás y han participado de la predicación del evangelio, pero no han sido capaces de rendir totalmente su corazón a Cristo. De pronto, se encuentran en grandes dificultades, encerrados en su propia trampa sin poder salir de allí, y mueren sin Dios y sin esperanza.

Hace muchos años, un barco de pasajeros que hacía viajes de Nueva York a Inglaterra iba llegando a las costas de ese país justo a la puesta del sol. De pronto, encalló sobre unas rocas. El barco se hundió y casi todos los pasajeros perecieron, excepto el capitán y su esposa, que lograron quedar sobre una de las rocas donde lucharon toda la noche, soportando el frío del viento y las olas fuertes del mar. Al amanecer, llegó el auxilio. El barco de rescate no pudo acercarse lo suficiente, ya que era una zona rocosa. Lanzaron desde lejos sogas al capitán y su esposa, para salvarlos de la situación en que se encontraban. Lo único que tenían que hacer era saltar cuando las olas bravías del mar subían para cubrir las rocas salientes, para no caer en ellas y perecer. El capitán le pidió a su esposa que saltara primero. Ella se aferró a la soga y quiso lanzarse en el momento preciso pero se detuvo un instante, lo suficiente como para perder la oportunidad. Cuando por fin se lanzó, fue demasiado tarde: las olas habían bajado y, al caer, se estrelló contra las rocas y también pereció. No saltó a tiempo. Así es todo aquel que duda en entregar su corazón a Cristo. La oportunidad muchas veces no se repite, la dejamos pasar y, cuando reaccionamos, es demasiado tarde. Hoy es el momento de entregar nuestra vida a Dios.

0 19

“Ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que murieron en hecho (1 Corintios 15: 20).

JESUCRISTO es nuestro eterno Salvador. Su tumba esta vacía. Fue muerto pero volvió a la vida. Fue sepultado pero salió de la tumba. El ángel le dijo a las mujeres: «No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor» (Mateo 28: 6). Entre todos los grandes fundadores de religiones en este mundo, Jesús es el único cuya tumba permanece vacía. Únicamente el cristianismo puede hablar de la tumba vacía de su fundador. Hay ejemplos de grandes hombres que murieron pero no volvieron a levantarse.

Entre ellos está Abraham, que murió casi 2000 años antes que Cristo. su tumba, una de las más cuidadosamente conservadas desde hace casi 4000 años, se haya en la cueva de Macpela en Hebrón, en la parte sur de Palestina. En la actualidad hay sobre ella una mezquita mahometana. Muchos creen que ese lugar es la tumba genuina del gran patriarca y amigo de Dios. Pero nadie ha sostenido jamás que Abraham haya resucitado.

Otro fue Buda, que murió y, de acuerdo a los escritos primitivos del budismo, no hay evidencias de que haya vuelto a la vida, ni nadie asevera que haya ocurrido. También Mahoma falleció en Medina, Arabia, el 8 de junio del año 632 d. C. a la edad de sesenta y un años y, hasta hoy, miles de sus devotos visitan su tumba todos los años. Sin embargo, Cristo se levantó y dejó la tumba para darnos esperanza. Los soldados, las mujeres y los discípulos son testigos de su resurrección.

La tumba no es un callejón sin salida, es una avenida por la que se va a la verdadera vida. Concluye en ella el crepúsculo de nuestra vida mortal y rompe el día de la venidera, sin que el creyente tenga conciencia del tiempo transcurrido en el sepulcro. Comienza un gran día nuevo, una nueva tarea y una nueva canción.

Si Cristo resucitó y ascendió al cielo, nosotros también tenemos la esperanza de resucitar con Cristo y vivir con él para siempre. Oremos esta mañana para que la resurrección de nuestro Señor sea una garantía de vida eterna para cada uno de nosotros.

0 22

«Yendo un poco adelante, se postro sobre su rostro, orando y diciendo: “Padre mío, si es posible, pase de mi esta copa; pero no sea coma yo quiero, sino coma tu”» (Mateo 26: 39).

JESUS HABIA TERMINADO su ministerio a favor de la muchedumbre que lo seguía en la semana de la Pasión. Ya nada tenia que decir a quienes habían oído las mas solemnes advertencias y las mas importantes verdades que habían rechazado. El jueves, su ultimo día antes de morir, decidió dedicarlo a sus discípulos. Mientras los dirigentes judíos lo rechazaron con odio y desprecio, y mientras otros que habían profesado ser sus discípulos le daban la espalda, los once apóstoles y otro pequeño grupo permanecieron hasta los momentos finales de su existencia.

Cristo tomo la copa del sufrimiento en nuestro lugar, y «comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera». «Mi alma esta muy triste hasta la muerte», dijo enseguida (Mateo 26: 37, 38). El terrible peso del pecado del mundo gravitaba sobre él y se cumplía lo dicho por el profeta Isaías: «Jehová cargo en él, el pecado de todos nosotros» (Isaías 53:6). De esa manera, no permitió que muriéramos eternamente, sino que nos brindo la posibilidad de que pudiéramos vivir para siempre. ¡Gloria a nuestro Salvador!

Tomo también la copa de absoluta soledad y vacío: «¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?» (Mateo 26: 40). Fue así que ninguno de los discípulos fue testigo de la agonía de Jesús. Los cinco mil que habían sido alimentados anteriormente, ¿donde estaban? En aquellos mementos, Jesús deseaba simpatía y apoyo de sus seguidores. El salmista dijo: «Esperé a quien se compadeciera de mi, y no lo hubo» (Salmos 69: 20). Nadie pudo ayudar al maestro en esa hora angustiosa. Incluso tomo la copa de agonizante oración: «Padre mío, si no puede pasar de mi esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad» (Mateo 26: 42). Después de ese momento difícil, la traición se consumé: «Levantaos, vamos! Ved, Se acerca el que me entrega» (Mateo 26: 46).

Jesús tomo la copa de la soledad, de la dolorosa oración, de la traición, así que, ¿como podríamos olvidar semejante amor? Vayamos a él sin demora alguna.

0 23

«No hay griego ni judío, circuncisión, bárbaro ni extranjero,

esclavo ni libre, sino que Crista es el todo y en todos» (Colosenses 3.11).

NUESTRO SENOR JESUCRISTO explico el gran mandamiento de la Ley: «“Amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu meme.” Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: “Amaras a tu prójimo como a ti mismo.” De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los profetas”» (Mateo 22: 37-40). Así pues, cuando Cristo es todo en nuestra vida, decimos como Pablo:

Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni principados ni potestades, ni lo presente ni lo por venir, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro (Romanos 8: 38, 39).

El escritor ecuatoriano Juan Montalvo dijo alguna vez: «Si yo hubiera vivido en los tiempos de Cristo, lo habría seguido, habría sido uno de sus discípulos, y no el que le jugo la corta herencia, sino uno de los fieles, de los buenos. Tan real, tan profundo es el amor que siento por él, me embelesa tanto su historia que la sigo todos los años, desde Belén hasta el Calvario >>.

Cuando Cristo mora en el corazón, el alma rebosa de tal manera de su amor y del gozo de su comunión, que se aferra a el; y contemplándole se olvida de si misma. El amor a Cristo es el móvil de sus acciones (E. G. White, El camino a Crista, pág. 44).

Mahatma Gandhi, el gran caudillo hindú, afirmo que Cristo es el único que lo dio todo sin negarle nada a nadie y sin importarle cuál fuera su creencia. Agregó que la vida de Jesús expresa de la manera mas perfecta el espíritu y la voluntad de Dios. Por lo tanto, si nuestro Señor Jesucristo lo dio todo por nosotros, cuánto mas nosotros daremos todo por él. Debe ocupar el primer y el ultimo lugar en la vida de cada creyente. Debemos reflejar a Cristo en cada pensamiento, acto y actitud. Cuando los demás nos miren, deben ver un reflejo de su carácter en nuestra vida.

Hoy, busquemos la manera de que Cristo sea todo en nuestra vida; que sus palabras llenen nuestra mente y nuestro corazón.

0 24

«Ya sabéis qua fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir (la cual recibisteis de vuestros padres) no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, coma de un cordero sin mancha y sin contaminación» (1 pedro 1: 18, 19).

CUANDO JUAN EL BAUTISTA vio a Jesús como el Cordero de Dios, estaba definiendo que él era la ofrenda definitiva ofrecida por el pecado. De hecho, todo el sistema sacrificial establecido por Dios en el Antiguo Testamento sirvió como base para la venida de Jesucristo, quien era el perfecto sacrificio que Dios proveería como expiación por los pecados de su pueblo.

¿Qué hacer con el Cordero de Dios? Juan nos aconseja que debemos mirar a Jesús como el Cordero perfecto que perdona todos los pecados, porque en él hay salvación. También debemos comer de la carne del Cordero y beber su sangre para tener parte con él en el reino. Jesús dice: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final» (Juan 6: 54).

Comer la carne y beber la sangre de Cristo es recibirle como Salvador personal, creyendo que perdona nuestros pecados, y que somos completos en él. Contemplando su amor, y espaciándonos en el, absorbiéndolo, es como llegamos a participar de su naturaleza (E. G. White, El Deseado de todas las gentes, pág. 353).

Por otro lado, así como en la Pascua una familia pequeña compartía el cordero con otra familia vecina, también nosotros debemos compartir con otros la carne del Cordero (Éxodo 12: 4). Compartir a Cristo es hablar de él a otros que no lo conocen y comunicar las promesas de la Palabra de Dios con ellos. De la misma manera, debemos adorar al Cordero de Dios que esta en pie en medio del trono en los cielos. Los seres celestiales lo adoran y dicen a gran voz: «El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza» (Apocalipsis 5: 12).

Hoy, contemplemos, comamos, compartamos y adoremos al Cordero, para triunfar con él por siempre.

0 22

<<Sucedió que estando él en una de las ciudades, se presentó un hombre lleno de lepra. el cual, viendo a Jesús, se postró con el rostro en tierra y le rogó, diciendo: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”» (Lucas 5:12).

ESE HOMBRE LEPROSO había escuchado que Jesús estaba en su pueblo. Corrió hacia el y, antes que se acercara otro enfermo, se inclinó a tierra y le pidió que lo limpiara. Con ese gesto, el leproso estaba reconociendo su estado pecaminoso y su indignidad. Comprendía que de la voluntad de Jesús dependía el futuro de su vida.

La lepra, en el tiempo de Jesús, era una enfermedad incurable y contagiosa, que llenaba de temor al pueblo, porque todos los que la padecían tenían que ser aislados de la sociedad y abandonar a su familia. Lo que es peor, estaban condenados a una vida de soledad y dolor hasta que las llagas fueran curadas, o a morir solos en medio de otros leprosos. El leproso del tiempo de Jesús es un prototipo del enfermo más necesitado en la actualidad, o de una persona desdichada que no tiene quien le dé la mano, y Jesús llega y lo toca para sanarlo. Entonces, puede incorporarse a la sociedad y recuperar su vida, para encontrar de nuevo paz y felicidad. Solamente Jesús puede lograrlo. El es la única esperanza para el pecador.

Cristo Jesús, lleno de misericordia y amor, miró al leproso y le dijo: <<Quiero, se limpio». De forma sorprendente quedó curado en el acto. Después de presentarse ante el sacerdote para que este certificara su sanación, pudo disfrutar nuevamente de la compañía de sus seres queridos…

Cuando nos acercamos con humildad a Jesús, creyendo firmemente en su poder y anhelando ser perdonados y limpios de todo pecado, él puede sanar y restaurar nuestra vida.

La obra de Cristo al purificar al leproso de su terrible enfermedad es una ilustración de su obra de limpiar el alma de pecado. […] Su presencia tiene poder para Sanar al pecador. Quien quiera caer a sus pies, diciendo con fe: “Señor, si quieres, puedes limpiarme,” oirá la respuesta: “Quiero: se limpio”» (E. G. White, El Deseado de todas las gentes, pág. 231).

Si Cristo estuvo dispuesto a morir por nosotros en la cruz, seguramente  hoy estará dispuesto a concedernos el perdón y sanarnos. Hoy, vayamos a el, caigamos a sus pies, y digamos: “Señor, si quieres, puedes limpiarme».

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«Vinieron pues, a Jerusalén, y entrando Jesús en el Templo comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban en el Templo. Volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas» (Marcos 11: 15).

EN AQUELLOS TIEMPOS, los atrios del Templo eran visitados por personas impías. Como muchos no podían llevar el sacrificio que exigía la ley de Moisés, existía una compraventa de animales. Se podían adquirir las ofrendas y cambiar dinero extranjero por la moneda del santuario, Los negociantes se aprovechaban de la exclusividad de su negocio y pedían precios exorbitantes. Las ganancias luego eran compartidas con los sacerdotes. El templo se había convertido en una cueva de ladrones.

Pero Jesús llegó y volcó las mesas. Ante su autoridad como Dios, los negociantes, sacerdotes y líderes del pueblo huyeron de su presencia. Solamente quedaron los enfermos y las personas humildes que se acercaron para adorarlo. El Templo se llenó de nuevo de personas sinceras que si creían y aceptaban a Cristo en su corazón. Esas eran personas obedientes, necesitadas de la ayuda de un Dios Todopoderoso, necesitados de la gracia divina. Al limpiar el Templo de toda corrupción, Jesús quería darles una enseñanza importante a sus discípulos.

La limpieza del Templo simboliza la limpieza del alma. Nuestra vida es el templo de Dios, pero ha sido invadido por deseos carnales, y Dios ha sido desplazado del primer lugar. Sin embargo, nos llama a ir a el y ser totalmente limpios, porque nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo. Hemos recibido este cuerpo de Dios y no es nuestro, porque hemos sido comprados por precio, con la sangre preciosa de Cristo (1 Corintios 6: 19, 20).

En cierta ocasión, un predicador visitó a un joven para hablarle de Jesús. Al pasar a su cuarto, se dio cuenta de que las paredes estaban tapizadas de cuadros obscenos. El predicador no hizo ninguna referencia a ello. Únicamente dijo que tenía algo hermoso para el. De su portafolio, sacó un hermoso cuadro de Cristo y se lo obsequió. Cuando el predicador se retiró, el joven colgó el cuadro de Jesús en medio de los cuadros y obscenos e inmediatamente se dio cuenta de que no podían estar juntos. Así que pronto se deshizo de esos cuadros y dejó el de Cristo nada más. Contemplar a Jesús en ese cuadro todos los días lo hizo cambiar a tal grado, que aceptó a Cristo y fue limpio de todos sus pecados.

Vayamos hoy a Cristo en oración suplicante para alcanzar misericordia y ser llenos de la presencia de Jesús que puede limpiamos.

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«Por la mañana, volviendo a la ciudad, tuvo hambre. Viendo una higuera corea del camino, se acercó, pero no halló nada en ella, sino hojas solamente, y la dijo: “¡Nunca jamás nazca de ti fruto!. Y al instante la higuera se seco”>> (Mateo 21: 18, 19).

JESÚS, DESPUES DE PASAR LA NOCHE EN BETANIA, el lunes muy de mañana se dirigió a Jerusalén. Mientras caminaba por las veredas con sus discípulos, tuvo hambre y se dirigió a una higuera para comer de sus frutos; La planta estaba llena de hojas, en señal de que tenia abundantes higos. Sin embargo, su apariencia era engañosa. Jesús maldijo la higuera ese día. Los discípulos se llenaron de espanto porque no era el proceder normal de Jesús. Lo habían oído decir que no había venido para condenar al mundo, sino para que el mundo pudiese ser salvo por él. Habían conocido a Jesús como restaurador y sanador, pero no como destructor. El deseaba que nada muriera, pero con la higuera que se secó estaba dando un mensaje claro a su pueblo: todo el que no da frutos para ser bendición es desechado.

El pueblo había perdido de vista su verdadero carácter y se había convertido en una nación que realizaba su obra sagrada con arrogancia convirtiendo a la religión en algo formal y ceremonial, que no transformaba al corazón. Tal como la higuera nació para servir al hambriento y sediento, la iglesia nació para servir a la humanidad.

Esta amonestación es para todos los tiempos, para todos los cristianos. Nadie puede vivir la ley de Dios sin servir a otros. La vida debe ser una vida llena de misericordia y abnegación en Cristo, una vida que Vive el arrepentimiento y humildad.

Con la maldición de la higuera, Cristo mostró cuán abominable es a sus ojos esta vana pretensión. Declaró que todo lo que es apariencia de piedad y falsa religión debe ser transformado.

Esta higuera estéril con su ostentoso follaje ha de repetir su lección en cada época hasta el fin de la historia de este mundo […]. Si el espíritu de Satanás en los días de Cristo se introdujo en los corazones de quienes no habían sido santificados, para contrarrestar los requerimientos divinos a esa generación, seguramente también intentará ingresar en las profesas iglesias cristianas de nuestros días» (E. G. White, El Cristo triunfante, pág. 258).

Cristo desea limpiamos de todo lo que no es útil y de todo lo que no sir-Ve. para transformarnos en hombres y mujeres a su imagen y semejanza. Pídele a Dios que comience a trabajar en tu corazón.

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